domingo, 27 de septiembre de 2009

8vo Día






Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante.


La vida, en realidad, es una calle de sentido único.

Agatha Christie (1891-1976) Novelista inglesa.





Un esplendoroso trueno anunciaba la llegada de una tormenta torrencial del cielo en primavera. Era la noche perfecta, la hojarasca del invierno estaba desapareciendo del suelo opacada por el verde nacimiento de los principios de septiembre; el viento ya no golpeaba los rostros ni ocultaba las almas como en julio; el rocío primaveral era un elipsis de vida para las sucumbidas almas que estuvieron a punto de darse por vencidas.


Tras haber esperado 365 lunas de pensamientos constantes el cielo me regaló un alma especial, única, irremplazable, particular. Después de haber competido con el firmamento por saber quién desechaba más agua para limpiar el alma ahora, la mía, es del color de las nubes con destellos estrellantes y estela meteórica.



Mis ojos veían su presencia pero mi mente no lo podía razonar; mis labios podían tocar los suyos pero mi corazón exaltado estaba perdido; mis manos recorrieron su cabello, su cara, su espalda y se estancaron en su cintura no querían avanzar, tenían miedo de desaparecer; SU dulce risa alimentaba mi existencia; la exquisitez de sus palabras calmaron mis sentidos e hizo de mi el ser más dichoso de la existencia.


La lluvia limpiaba todo echo anterior sin importancia, purificaba el mundo y los sentimientos. Los truenos abordaban nuestra habitación intentando entrar, junto con las infinitas gotas de agua, por el transparente cristal.



Nuestras almas se unían por primera vez, el calor de su piel aplacaba las escarchas de la mía y, por primera vez, empezaba a sentir algo diferente en mi cuerpo y sé que eso se llama amor. Entre gotas y reflejos oportunos podíamos vernos a los ojos, frente a frente, no hacía falta soltar palabra alguna; nuestros sentidos hablaban por nosotros, el éxtasis era tal que el fuego nos elevaba, más y más, con cada beso y caricia.


Podía sentir sus ganas de vivir junto a las mías; la respiración casi no existía, el pecho me aprisionaba, mi sangre navegaba turbulentamente por mis venas suspirando en su dulce cuello de mil besos irrecuperablemente dados. Sus abrazos eran cadenas divinas de las cuales no quería escapar; sus ojos amarronadamente acaramelados me iluminaba en la magnifica oscuridad de tiempo; sus manos dejaban una huella de satisfacción, a cada segundo, en mi espalda como marcas de propiedad.



Sentí que yo ya era parte de su vida y de su cuerpo. No había dualidad ya, solo una unívoca y perfecta alma incontrolablemente envidiada por los dioses del Olimpo.


La noche era perfecta para unir las almas en la íntimamente existencia infinita de corazones dichosos de amor y deseos.







Lástima que cuando uno empieza a aprender el oficio de vivir ya hay que morir.

Ernesto Sábato (1911-?) Escritor argentino.

martes, 22 de septiembre de 2009

7mo Día


No hay árbol que el viento no haya sacudido.

Proverbio hindú


El tiempo… el tiempo es ese elemento sustancial de la existencia que nadie podrá ver o tocar, hablarle o gritarle, pedirle o rogarle porque, más que DIOS, es la omnipotencia oculta en las facciones humanas.

La espera por algo que “tiene que llegar” en algún momento me desespera, no estoy echo para esperar; soy como castillo de arena que, grano a grano, va perdiendo equilibrio sin esperar a que la marea del ocaso llegue.

Quiero terminar el camino que inicié años atrás, ese camino arduo, empinado, elevado y lleno de obstáculos puesto a propósito por personas que, muchas veces, son demasiado crueles. No aguanto esperar, pero aquí está el problema, sé, porque soy consciente, que la espera tiene sus frutos, sin embargo, parece que cuanto más me esfuerzo los resultados son los peores, el rendimiento es menor y no quiero eso.

Hay veces que, en la pequeñez de mi cama, puedo cerrar los ojos e imaginar que el momento cumbre, uno de los cientos de momentos que espero tener, llega al fin, después de tanta espera, llega; y es allí cuando empieza la pesadilla, ese no es “mi” momento, es el de alguien más pero no el mío. Y, como de costumbre, despierto angustiado y vivo todo el día con ese pensamiento benévolo en mi mente. Día a día pongo lo mejor de mí para ser ese hombre que ansío pero no avanzo o, por lo menos, eso siento.

Unamuno dice que "El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él."

Que afirmación más cierta y precisa, sin embargo, sin ánimos de contradecir a Unamuno, pienso que a veces es necesario que alguien más crea en uno mismo. No podemos soportar el peso del valor, la decisión, el coraje y el énfasis en nuestros brazos sin beber una gota de aliento de alguien más, sea quién sea. Todos en algún momento vamos a caer, indudablemente, pero caer sabiendo que una persona nos da aliento para seguir es muy gratificante y endulza el alma cuando esta probando las saladas lágrimas de dolor.

"Jamás desesperes, aún estando en las mas sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante."

Es verdad, Miguel tienes razón, por más negras y turbias que puedan parecer las nubes siempre ha de caer agua limpia en las magníficas tardes de crepúsculo, cuando las nubes acenizadas cubren los últimos destellos de reminiscencias mitológicas y a la hora del nacimiento de los profundos pensamientos invasores de mi mente.

Esperar al tiempo es una analogía mortalmente eterna sin un final feliz pero sin uno triste tampoco.

Sigilosamente he decidido esperar, aunque la espera no sea mi fuerte, voy a poner voluntad y serenidad para construir mi propio puente.

Prometo no satisfacerme nunca, no acostumbrarme sino tanto esfuerzo no tendría valor; navegaré por los océanos del esfuerzo y exploraré cada cosa que en mi camino sea obstáculo para poder sortearlo con clase y estilo y así no dejar una huella anónima en mi existencia.

No gastaré energía en festejar logros pasados; las invertiré en los actuales para poder cultivar un ars vivendi digno de ser un elogio a mi memoria.



"Los satisfechos, los felices, no aman; se duermen en la costumbre."

Miguel de Unamuno- escritor y filósofo español

martes, 1 de septiembre de 2009

El límite...






El valor de un hombre no se mide ni por su dinero, ni por su inteligencia ni por su felicidad; se mide por su capacidad de exteriorizar lo menos posible su tristeza.


Ha llegado la hora de decir adiós, de despedirme de esas pequeñas grandes cosas que hacen que este mal. Dentro de poco podré estar en ese lugar en el que siempre he soñado, allí donde todo es tan impersonal y al cual le temo.


En normal sentir el temor por lo desconocido, tan normal como absurdo, pero estoy dispuesto a correr el riego, voy a cruzar la frontera y afrontar ese miedo paralizante. Todos tienen miedo, pavor, pánico, fobia y, sin mentir, no niego que yo no las tenga pero me considero un valiente, un tipo que sabe reconocer sus debilidades y que luchará por superarlas.


El nudo que apenas me deja respirar cada día es más duro; no solo ha afectado mi mente sino también mis sentimientos; ha hecho un mármol mi corazón y un iceberg mi sangre.


He cometido varios errores que el tiempo nunca me enseñó a subsanar y menos aún intentar repararlos. Esos errores son los que me han condenado mil y una veces y a pesar de todo sigo en pie, manteniendo el equilibrio universal sobre mis hombros y con lágrimas en los ojos.


Espero poder despertar a tiempo para verte sonreír y descubrir que mi viaje no fue en vano. Nadie sabe lo que el tiempo ha de prepararnos, puede llevarnos a la infinitud de la existencia o resucitarnos limitadamente. Tan limitada es, la resurrección, que solo se le ha concedido a uno solo en este lodo mundanal.


El tiempo deja sus huellas como lo hace el mar al erosionar una roca en alguna costa del pacifico ó borra los recuerdos como el viento a las dunas del Sahara. Los eco de las palabras algunas vez dicha quedaran, cortamente, en la memoria de algunos pocos y en la de otros solo habrá sido un sonido mas del mundo.


Antes que las agujas terminen su final de eterno recorrido habré podido decirle a esa persona que la amé, que la amé tanto que ha cambiado mi vida, que ahora soy un hombre que ha bebido una gota de existencia y solo le queda decir adiós porque toda mi misión está cumplida, sea cual sea esa misión, hoy ha terminado.


He dicho te amo, amor de mi vida, no quiero separarme de ti, tengo un plan para irme a trabajar, ahora soy un hombre que corre para beber su destino porque es así como debe ser y te lo digo ahora porque tal vez no tengamos un mañana, es así.


Prefiero que no sepamos lo que la existencia ha hecho de cada uno de nosotros, es mejor cruzarnos alguna vez en los caminos eternos antes que en las sendas de la casualidad. Nada mejor que una despedida en silencio.
Adiós.

Las despedidas siempre duelen, aun cuando haga tiempo que se ansíen.



Arthur Schnitzler (1862-1931) Dramaturgo austríaco.