jueves, 6 de agosto de 2009

6to Día

El hombre que ha empezado a vivir seriamente por dentro, empieza a vivir más sencillamente por fuera.
Ernest Hemingway (1896-1961) Escritor estadounidense.



En aquel momento me percaté de que no era un sueño más de aquellos tanto, esta vez no, era realidad, allí estaba, tirado en el piso, con mi cabeza apoyada sobre sus piernas, sus manos me sostenía, mi cuerpo, ya sin energías, estaba en medio de ese mundo de personas que circunstancialmente circulaban por el lugar.

Nunca pensé terminar mi vida así. Es verdad eso que dicen que al momento de pasar al otro lado puedes ver toda tu vida en un minuto. También puedes ver una luz blanca, pero no es el blanco abstracto con el que nos idealizamos en toda una existencia pasajera, nada ni siquiera las palabras o la imaginación pueden describirla.

Ese día fue el mejor de todos, tenía mis padres, mis hermanos, mis amigos y a esa persona que nunca imagine tener, si, esa persona que con tan solo el hecho de existir puede hacer que la vida sienta la infelicidad a mi lado. El clima de ese día se asemejaba al paraíso terrenal que los españoles habían encontrado al pisar América; el cielo azul no tenía nada que envidiarle al mar, el verde de los arboles brillaba como esmeralda fresca, el sol claro en su temperatura justa nos acariciaba con una suave brisa de tranquilidad. Aquel momento, en que lo eterno se volvió pasajero en insignificante, fue digno de una alegría de diamante que con cada gota daba el tiempo justo al reloj de existencia.

Suavemente fuerte fijé la vista en sus almendrados, supe que era el momento, suspiré y le dije el mayor de los secretos al oído para que pudiese seguir más allá; así al momento de volver pudiésemos ser algo más que dos almas complacientes. Mis palabras estaban, ya, en mis sentidos. Podía percibir el aroma de su perfume, aunque era la primera vez pero sin dudas era suyo; he probado sus labios naturales, tan preciados como las manzanas del Edén pero libre de culpas y pecado; Su mano suplicaba, rogaba y exclamaba sobre la mía. Pero allí estaba, sin ser nada más que una parte de la química existencial sin existencia.

Desde aquella vista invisible podía ser omnisciente, saber, pensar, sentir como muchos de los que me rodeaban pero era inútil intentar sentir otra vez.

Y una voz, a desde lejos, como eco mitológico murmuraba y sin entender no quería separarme de lo mundanal. Mi alma percibía, en frio, los esfuerzos en vano del destino intentado. Sus lágrimas no eran nada más que anclas de sacrificio. Sentía la perturbación general, el desasosiego, la angustia cruelmente despiadada y la impotencia desesperante.

Una vez más el tiempo ganaba pero, esta vez, no por supremacía u omnipotencia sino por trampa al no poder soportar las burbujas acrónicas de una persona que vive su vida y hace ella su propio tiempo y espacio. Era una batalla de mil hombres sobre uno.

Nunca pensé, que dejar un lugar en este cosmos, era tan confuso. No podía aceptar la idea de ver a mí alrededor y ser un imán de sentidos ajenos. Bárbaramente cuidadoso interrumpir el minuto inmortal, corté esa cinta, encendí mi propia luz y en escribí con letras clara y precisa en el medio de la cinta: “aquí inicia el resto de mi vida…” y así, decidí despertar, apagué aquella luz compartida y prendí la mía, esa que solo manejo yo mismo. Miré por la ventana y parecía que el día iba a ser el mejor de todos, tenía mis padres, mis hermanos y a esa persona que nunca imagine tener, si, esa persona que con tan solo el hecho de existir puede hacer que la vida sienta la infelicidad a mi lado…




Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.
Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) Escritor español.

1 comentario: